Dado que nadie está excluido de invocar a Dios, la puerta de la salvación está abierta a todos. No hay nada que nos impida entrar por ella, sino sólo nuestra propia incredulidad.
Dios nos da sus promesas para descansar en su soberanía y voluntad, y confiar que Él nos guía y protege en nuestro caminar, como ovejas hacia verdes prados.