¿Cómo deberíamos entender el fenómeno de los Therians desde una perspectiva cristiana?

En esta semana han surgido varias noticias sobre un movimiento que algunos medios han catalogado como cultural que, en sí, parece replantear radicalmente la identidad humana. Los «Therians», según su propia definición, son personas que se autoperciben e identifican como un animal, entendiendo esta identificación como parte esencial de su identidad personal.
Ante este fenómeno, ya sea de índole sociológica, filosófica, cultural, ¿cómo los cristianos estamos llamados a reaccionar? Como creyentes por definición, estamos llamados a pensar bíblica y teológicamente.
La identidad humana y la cosmovisión
Ningún ser humano vive en el vacío. Todos interpretamos la realidad a través de marcos de referencia: creencias, valores, principios morales, experiencias y narrativas que dan forma a cómo pensamos, sentimos y actuamos. En ese sentido, el fenómeno Therian —como muchos otros movimientos contemporáneos— debe entenderse principalmente como un problema de cosmovisión, no meramente de conducta o expresión externa. La manera en que una persona se ve a sí misma está profundamente ligada a lo que cree sobre el mundo, sobre Dios y sobre el propósito de su existencia.
La antropología bíblica.
La Escritura nos enseña que el ser humano no es producto del azar, sino una criatura creada intencionalmente por Dios a Su imagen y semejanza (Gn 1:26–27). Esto significa, entre otras cosas, que el ser humano posee capacidades únicas: racionalidad, conciencia moral, relacionalidad, responsabilidad y vocación de dominio y mayordomía sobre la creación. Todo problema de identidad radica en la falta de comprensión de que, en definitiva, no somos como Dios en la misma condición de Dios. Él no es un ser creado, nosotros sí, y no somos como los animales pues como seres creados poseemos la imagen de Dios. La imago Dei no implica o sugiere que somos dioses, pero sí hace una distinción radical. El hombre no es igual al resto de lo creado.
No solo fuimos creados a la imagen de Dios para ser como Dios; sino explícitamente para ser para Dios. Tenemos esa capacidad de relacionarnos con Dios para adorarlo; esto está implícito en nuestra condición de «ser» creado. Él es el Dios todopoderoso, nosotros somos Sus criaturas y nuestra respuesta a Él es sumisión y adoración. Esto es esencial a la naturaleza humana, somos seres relacionales y seres que adoran, fuimos diseñados para caminar con el Señor y adorar al Señor. Fuimos diseñados para adorarlo, someternos a Él y encontrar en Él nuestra identidad y propósito. Por eso, toda pregunta de identidad es, en el fondo, una pregunta de adoración: ¿Quién soy? y ¿A quién pertenezco?
La caída y la distorsión de la imagen
Génesis 3 nos muestra la caída del ser humano; el hombre por definición es un ser caído. El pecado no eliminó la imagen de Dios en el ser humano, pero sí la distorsionó profundamente. El corazón humano caído no se conforma con ser criatura a imagen y semejanza; desea ocupar el lugar de Dios. Desde entonces, el ser humano insiste en redefinir la realidad —incluida su propia identidad— según sus propios términos. El apóstol Pablo describe esta condición en Romanos 1: la humanidad, conociendo a Dios, rehúsa honrarlo como Dios y cambia Su gloria por imágenes de lo creado.
21 Pues aunque conocían a Dios, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. 22 Profesando ser sabios, se volvieron necios, 23 y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
Romanos 1:21-23
La consecuente corrupción del hombre
24 Por lo cual Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos. 25 Porque ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén.
26 Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza. 27 De la misma manera también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos el castigo correspondiente a su extravío.
28 Y así como ellos no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran las cosas que no convienen. 29 Están llenos de toda injusticia, maldad, avaricia y malicia, llenos de envidia, homicidios, pleitos, engaños, y malignidad. Son chismosos, 30 detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de lo malo, desobedientes a los padres, 31 sin entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados. 32 Ellos, aunque conocen el decreto de Dios que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también dan su aprobación a los que las practican.
Romanos 1:24-32
El resultado no es libertad, sino confusión, desorden y esclavitud interior, una identidad humana fragmentada. Por lo que nuestra cognición, nuestros afectos y nuestra voluntad están caídos. Las Escrituras nos llaman esclavos de nuestros pecados, nos llaman sabios en nuestra propia opinión; somos por definición caídos, perseguidores del viento, necios e insensatos.
Una lectura teológica del momentum cultural.
Movimientos como el Therianismo, así como otras expresiones ideológicas contemporáneas, no son anomalías aisladas, sino manifestaciones de una misma realidad espiritual: la ruptura entre el ser humano y su Creador. No se trata simplemente de «nuevas ideas», sino de viejas preguntas respondidas sin Dios. Es decir, todo «ismo» cultural, social, filosófico, moral, religioso, cosmovisional nace de una visión disfuncional, inorgánica y distorsionada del hombre, por lo que nos es necesario poner nuestras miradas en una solución mayor a nosotros mismos.
Como cristianos, no estamos llamados a burlarnos, demonizar ni deshumanizar a las personas atrapadas en estas narrativas. Estamos llamados a discernir con verdad y amar con compasión, reconociendo que toda persona sigue siendo portadora de la imagen de Dios, aunque esa imagen está distorsionada por el pecado.
La solución es Cristo, lo que necesitamos es el Evangelio.
Jesús —Su persona y obra— es la restauración de la identidad humana. La Escritura no termina en Romanos 1, enfatiza nuestra condición y necesidad, es decir, apunta a Cristo. Él es la imagen perfecta de Dios (Col 1:15) y el modelo al cual Dios está conformando a Su pueblo. En Jesús encontramos no solo perdón, sino restauración. En Él recuperamos la respuesta a las preguntas más profundas del alma: quiénes somos y para qué existimos.
Por eso, la respuesta cristiana a los problemas del hombre no es ideológica o conductual… sino profundamente evangélica. No es simplemente corregir conceptos, sino proclamar a una persona y Su obra. Cada persona es una portadora de la imagen de Dios, pero también es una criatura caída. Jesús nos llama a arrepentirnos y volvernos a Él en fe. El plan de Dios es conformarnos a la imagen de Su Hijo, Jesucristo, y por medio de Su obra consumada en la cruz, ser restaurados completamente. En Cristo hay esperanza real para toda persona confundida, herida o perdida. El Evangelio no niega la dignidad humana; la restaura. No destruye la identidad; la redime. Por eso la solución es Cristo, y lo que necesitamos es el Evangelio.
28 »Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar . 29 Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas.
Mateo 11:27-29 (Nueva Biblia de las Américas)






